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terça-feira, 12 de abril de 2011

REÍR PARA NO LLORAR

Salvando al soldado Pérez ya se perfila como candidata a ser el mayor éxito taquillero del cine mexicano del año

En su primera semana de exhibición, Salvando al soldado Pérez ya se perfila como candidata a ser el mayor éxito taquillero del cine mexicano del año. El realizador Beto Gómez ha demostrado con su cuarto largometraje de ficción que ha pulido su estilo, otrora tosco pero desenfadado, para hacer comedias. Y como fenómeno al menos, la película es mucho más interesante que la mayoría de las cintas nacionales en competencia del recién concluido Festival Internacional de Cine de Guadalajara.
La trama urdida por el propio Gómez y el coguionista Francisco Payó González es harto simple: en 2003, el poderoso narco Julián Pérez (Miguel Rodarte) es amenazado por su anciana madre (Isela Vega ¿quién más?) de que no podrá volver a dar la cara si no rescata a su hermano Juan (Juan Carlos Flores), soldado estadunidense vuelto prisionero de guerra en Irak. Para cumplir la misión, Pérez reúne un grupo experto de matones formado por el veterano don Chema (Jesús Ochoa), Rosalío (Joaquín Cosío), el indio yaqui Carmelo (Gerardo Taracena) y el temible asesino Pumita (Rodrigo Oviedo). Como la operación es ilegal, ese A-Team del tercer mundo necesita infiltrarse a través de Turquía, guiado por el mercenario ruso Sasha (Marius Biegai). Una vez en Irak, el grupo se encontrará en medio del fuego cruzado entre las tropas rebeldes y los soldados gringos.
Contra lo que pudiera pensarse, no se trata de una sangronada de rompe y rasga. La producción de Lemon Films ha roto la costumbre de poquitear el presupuesto sólo porque al tratarse de una comedia no debería ser merecedora de un proceso serio. En este caso se han invertido no pocos recursos para dar verosimilitud a las acciones. En efecto, gran parte de la película se desenvuelve en locaciones -en Turquía y Marruecos- que parecen iraquíes y los personajes se ven involucrados en una convincente recreación del combate en el Medio Oriente. (Bajo la política tradicional de la comedia mexicana churrera esto se habría filmado en el backlot de los Estudios Churubusco, con camellos roñosos, alquilados por los hermanos Gurza, y tanques de cartón.)
El ambicioso esquema de producción -el roller de créditos finales es bastante más largo que el de una película mexicana promedio- le ha permitido a Gómez dirigir su producto más refinado a la fecha. Las acciones se sostienen más o menos a buen ritmo, puntuadas por una comicidad surgida del contraste de personalidades entre los pistoleros. Si bien la mayoría de los flashbacks no son afortunados -ni necesarios- y hay varios gags frustrados, Salvando al soldado Pérez cumple su cometido. El efecto satírico es obvio: en el contexto de una guerra auténtica, los narcos demuestran ser tan letales como cualquier guerrillero o combatiente entrenado.
Si en sus anteriores películas el desparpajo y buen sentido del humor de Gómez eran saboteados por lo precario de su realización, en este caso contar con actores profesionales le ha apoyado tanto como los inusitados valores de producción. Ochoa, en particular, se roba la película a mano armada con un papel que podría desempeñar dormido; no en balde la mayoría de los momentos graciosos recaen en su matón experimentado. Por otro lado, decepciona que a Cosío -tan memorable como el Cochiloco en El infierno, de Luis Estrada- se le desperdicie con un personaje desdibujado. Pero si algo hay que agradecer son las apariciones piadosamente breves y mesuradas de Jaime Camil y Adal Ramones.
Tal vez alguien objete que, en estos tiempos en que el país parece hundirse en la violencia del crimen y los intentos fallidos por contenerlo, hacer una comedia sobre narcos presentados como figuras bufas parecería un acto irresponsable. Mas no olvidemos que, como reafirmación de vida, a veces la única reacción posible ante la tragedia es la risa.
Menos crítica e incisiva que la realización de Estrada, Salvando al soldado Pérez se une a El infierno como representante sintomática del nuevo -y más popular- género del cine nacional, la narcomedia. En la función en que la vi, los espectadores -masculinos en su mayoría- se carcajeaban como hienas y hasta pataleaban de risa en los momentos climáticos. Según enseñaron los griegos, eso se llama catarsis.
Fonte: La Jornada

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